El Castillo

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Se volvió hacia la posadera con los brazos extendidos.

—Vea, señora posadera, lo que reclama.

—Usted es una persona peculiar, señor agrimensor —dijo la posadera, y K quedó horrorizado al ver cómo estaba sentada, recta, con las piernas abiertas, las poderosas rodillas marcándose en la fina falda—. Usted pide algo imposible.

—¿Por qué es imposible? —preguntó K.

—Se lo explicaré —dijo la posadera en un tono como si esa aclaración no fuese un último favor sino ya la primera pena que imponía—, estaré encantada de explicárselo. Cierto, yo no pertenezco al castillo, y soy sólo una mujer, y sólo una posadera, aquí, en una posada de última categoría —bueno, no es de última categoría, pero casi—, y así es posible que no atribuya mucha importancia a mi aclaración, pero durante toda mi vida he mantenido los ojos bien abiertos y he conocido a mucha gente y yo sola he llevado todo el peso de la economía, pues mi esposo es un buen hombre, pero no un posadero, y jamás comprenderá lo que significa asumir la responsabilidad. Usted, por ejemplo, debe a su negligencia —en aquella noche yo estaba completamente agotada que siga en el pueblo, que esté aquí sentado tan cómoda y pacíficamente en la cama.

—¿Cómo? —dijo K, despertando de su distracción, más excitado por la curiosidad que por el enojo.


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