El Castillo
El Castillo —Usted es un hombre de honor —dijo la posadera, también a ella se le notaba la emoción en la voz, parecÃa algo decaÃda y respiraba con dificultad; no obstante, aún encontró la fuerza para decir:
—Ahora habrá que pensar en algunas garantÃas que usted debe dar a Frieda, pues por muy grande que sea el respeto que le tengo, usted sigue siendo un forastero, no puede remitirse a nadie, su situación doméstica es aquà desconocida, asà que las garantÃas son necesarias, eso lo comprenderá, señor agrimensor, usted mismo ha destacado lo que Frieda perderá al unirse a usted.
—Por supuesto, garantÃas, naturalmente —dijo K—, lo mejor es que todo se haga ante un notario, pero quizá otros organismos administrativos del condado también se inmiscuyan. Por lo demás, antes de la boda tengo un asunto que resolver. Tengo que hablar con Klamm.
—Eso es imposible —dijo Frieda, levantándose un poco y apretándose contra K—. ¡Qué ocurrencia!
—Tiene que ser —dijo K—, si me resulta imposible a mÃ, tendrás tú que conseguirlo.
—No puedo, K, no puedo —dijo Frieda—, Klamm no hablará nunca contigo. ¿Cómo puedes creer que Klamm hablará contigo?
—¿HablarÃa contigo? —preguntó K.
—Tampoco —dijo Frieda—, ni contigo ni conmigo, eso es imposible.