El Castillo

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—Por amor e inquietud —dijo la posadera, y atrajo hacia sí la cabeza de Frieda, quien, de pie, sólo llegaba al hombro de la posadera sentada.

—Como Frieda tiene tanta confianza en usted —dijo K—, no puedo hacer otra cosa. Y como Frieda ha llamado hace poco fieles a mis ayudantes, estamos entre amigos. Así que le puedo decir, señora posadera, que considero lo mejor que Frieda y yo nos casemos y, además, lo más pronto posible. Por desgracia no podré compensar a Frieda de lo que ha perdido: el puesto en la posada de los señores y la amistad de Klamm.

Frieda levantó su rostro, sus ojos estaban llenos de lágrimas, en ellos no había nada de un sentimiento de victoria.

—¿Por qué yo? ¿Por qué he sido yo la elegida?

—¿Cómo? —preguntaron K y la posadera a un mismo tiempo.

—Está confusa, pobre hija —dijo la posadera—, confusa por la coincidencia de tanta felicidad y desgracia.

Y como confirmación de esas palabras Frieda se precipitó sobre K, le besó con pasión, como si no hubiese nadie más en la habitación y cayó después de rodillas, llorando y abrazándole. Mientras acariciaba el cabello de Frieda, K preguntó a la posadera:

—¿Me da usted la razón?


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