El Castillo

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Cuando más tarde K se liberó del trapo y miró a su alrededor, comprobó —no le asombró nada— que sus ayudantes volvían a estar en su esquina, amonestándose mutuamente con seriedad mientras señalaban a K con el dedo y le saludaban, pero, además, la posadera estaba sentada al lado de la cama y remendaba un calcetín, una pequeña labor que no se compaginaba con su figura enorme que casi oscurecía la habitación.

—Estoy esperando desde hace tiempo —y alzó su rostro ancho y surcado de arrugas, aunque en general daba la extraña sensación de ser liso y quizá, en otro tiempo, hermoso. Las palabras sonaron como un reproche, un reproche inconveniente, pues K no había solicitado que acudiese. Se limitó a constatar con la cabeza sus palabras y se incorporó. También Frieda se levantó, pero abandonó a K y se apoyó en el sillón donde estaba sentada la posadera.

—Señora posadera —dijo K distraído—, ¿no puede esperar eso que me quiere decir hasta que regrese de ver al alcalde? Tengo una importante entrevista con él.

—Esto es más importante, créame señor agrimensor —dijo la posadera—, allí se trata probablemente sólo de un trabajo, aquí de un ser humano, de Frieda, mi querida sirvienta.

—¡Ah, ya! —dijo K—, entonces no entiendo por qué no nos deja ese asunto a nosotros dos.


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