El Castillo

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—Lo sé, pero no quiero.

A K le pareció enojoso, aunque también, en cierto sentido, favorable, que Frieda (quien, una vez que habían salido los ayudantes, se había sentado sobre las rodillas de K), le dijese:

—¿Qué tienes, cariño, contra los ayudantes? Ante ellos no debemos tener ningún secreto. Son fieles.

—¡Ah!, conque fieles —dijo K—, me espían continuamente, su conducta es absurda y repugnante.

—Creo entenderte —dijo ella, se colgó de su cuello y quiso decir algo más pero no pudo seguir hablando y, como el sillón estaba cerca de la cama, oscilaron sobre ella y cayeron. Allí yacieron, pero no tan entregados como la noche anterior. Ella buscaba algo y él buscaba algo, furiosos, dibujándose extrañas muecas en sus rostros; buscaban horadando el pecho del otro con la cabeza, y sus abrazos y sus cuerpos violentamente entrelazados no les hacían olvidar, sino que les recordaban el deber de buscar; como perros desesperados que escarban en el suelo, así escarbaban en sus cuerpos e, irremediablemente decepcionados, para sacar algún resto más de felicidad, deslizaron sus lenguas por el rostro ajeno. Sólo el cansancio logró calmarlos y que se mostrasen mutuamente agradecidos. Entonces llegaron las criadas.

—Mira cómo están echados ahí —dijo una de ellas, y arrojó un trapo sobre ellos por compasión.


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