El Castillo

El Castillo

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Cuando se sintió lo suficientemente fuerte para abandonar la cama, los tres se apresuraron a servirle. No obstante, aún no estaba tan fuerte como para poderse defender de su celo, notó que por ello se veía sometido a cierta dependencia que podía tener consecuencias perjudiciales, pero no tenía más remedio que dejarlo estar. Tampoco fue muy desagradable tomarse en una mesa bien puesta el buen café que Frieda había traído, calentarse al lado de la calefacción que Frieda había encendido, hacer que los ayudantes impulsados por su celo e ineptitud bajasen y subiesen las escaleras diez veces para traer agua, jabón, un peine y un espejo, y, una última vez, porque K había expresado el deseo en voz baja de querer un vasito de ron.

En medio de todo ese ordenar y servir, K, más como resultado de su bienestar que de la esperanza de éxito, dijo:

—Salid ahora los dos, por el momento no necesito nada y quiero hablar a solas con la señorita Frieda.

Y cuando no vio en sus rostros ninguna señal de resistencia, aún les dijo para resarcirlos:

—Luego nos iremos los tres a ver al alcalde, me podéis esperar abajo en la taberna.

Por extraño que parezca le obedecieron, sólo que antes de salir dijeron:

—También podríamos esperar aquí.

K respondió:


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