El Castillo
El Castillo —¿Qué quieres tú? —dijo la posadera con un rápido giro de todo su cuerpo—, el señor agrimensor me ha preguntado y debo responderle. No hay otra forma de que comprenda lo que a nosotros nos resulta evidente: que el señor Klamm jamás hablará con él, pero qué digo, que jamás podrá hablar con él. Escúcheme, señor agrimensor, el señor Klamm es un señor del castillo, eso ya significa por sà mismo, al margen de su otra posición, un rango muy elevado. Pero, ¿qué es usted, cuyo consentimiento para la boda buscamos tan humildemente? Usted no pertenece al castillo, no es del pueblo, usted es un don nadie. Por desgracia, sin embargo, usted es algo: un forastero, uno que siempre resulta superfluo y siempre está en camino, uno por quien siempre se producen trastornos, por cuya causa hay que esconder a las criadas, cuyas intenciones son desconocidas, uno que ha seducido a nuestra pequeña y querida Frieda y al que hay que dársela, por desgracia, como esposa. A causa de todo esto no le hago en el fondo ningún reproche. Usted es lo que es; ya he visto mucho en mi vida como para no soportar ahora esta situación. Sin embargo, imagÃnese lo que está pidiendo. Un hombre como Klamm debe hablar con usted. Con dolor he oÃdo que Frieda le ha dejado mirar por el agujero de la pared, ya cuando lo hizo habÃa sido seducida por usted. DÃgame, ¿cómo ha podido soportar la mirada de Klamm? No tiene por qué responder, lo sé, la ha soportado muy bien. Usted no es capaz de ver realmente a Klamm, esto no es envanecimiento por mi parte, pues yo tampoco soy capaz. Klamm deberÃa hablar con usted, pero él ni siquiera habla con la gente del pueblo, nunca ha hablado con alguien del pueblo. La gran distinción de Frieda, que será mi orgullo hasta la muerte, consistÃa en que al menos solÃa pronunciar su nombre, en que ella podÃa dirigirle la palabra cuando querÃa y recibÃa el permiso para mirar por el agujero de la pared, pero él tampoco ha hablado con ella. Y que llamase a Frieda de vez en cuando, no debe tener el significado que a uno le gustarÃa atribuirle, él se limitaba a pronunciar el nombre de Frieda. Pero ¿quién conoce sus intenciones? Que Frieda, naturalmente, acudiese deprisa, era asunto suyo, y que la dejasen presentarse ante él sin oponerse, se debÃa a la bondad de Klamm, pero no se puede afirmar que la hubiese llamado. Ahora es cierto que todo eso se ha acabado para siempre. Tal vez Klamm vuelva a pronunciar el nombre de Frieda, es posible, pero ya no la dejarán entrar, a ella, a una muchacha que es su prometida. Y hay una cosa, una sola cosa que no comprendo con mi pobre cabeza, que una joven, de la que se decÃa era la amante de Klamm —dicho sea de paso, considero esta expresión algo exagerada— se dejase rozar por usted.