El Castillo
El Castillo —Cierto, eso es extraño —dijo K, y colocó a Frieda, que se sometió con la cabeza inclinada, sobre sus rodillas—, eso demuestra, según creo, que no toda la situación es como usted la describe. AsÃ, por ejemplo, usted tiene razón cuando dice que yo ante Klamm soy un don nadie, y si ahora exijo hablar con Klamm y no me dejo influir por sus explicaciones, con eso aún no se ha dicho que sea capaz de soportar la mirada de Klamm sin la puerta interpuesta y que no correré en cuanto esté en su presencia. Pero ese temor, aunque fundado, para mà no supone un motivo para no aventurarme a afrontarlo. Si me resulta posible soportarlo, entonces es necesario que hable conmigo, me basta si puedo comprobar la impresión que le hacen mis palabras y si no le hacen ninguna o ni siquiera las escucha, habré sacado el beneficio de haber hablado libremente ante un poderoso. Usted, sin embargo, señora posadera, con todos sus conocimientos humanos y de la vida, y Frieda, que aún ayer era la amante de Klamm —no veo ningún motivo para cambiar de término—, me podrÃan facilitar la entrevista con Klamm, si no es posible de otra manera, entonces en la posada de los señores, quizá aún siga hoy allÃ.
—Es imposible —dijo la posadera—, y ya veo que le falta la capacidad de comprenderlo. Pero dÃganos, ¿de qué quiere hablar con Klamm?
—Sobre Frieda naturalmente —dijo K.