El Castillo
El Castillo —¿Sobre Frieda? —dijo la posadera con incomprensión y se volvió hacia Frieda—. ¿Has oÃdo, Frieda? Sobre ti quiere hablar con Klamm, ¡con Klamm!
—¡Ay! —dijo K—, usted es, señora posadera, una mujer tan lista y respetable y, sin embargo, la asusta cualquier pequeñez. Asà es, quiero hablar con él de Frieda, eso no es tan terrible, sino más bien evidente. Pues se equivoca con toda seguridad si cree que Frieda, desde el instante en el que yo aparecÃ, se ha convertido en algo insignificante para Klamm. Le menosprecia si es eso lo que cree. Pienso que resulta presuntuoso por mi parte querer instruirla a este respecto, pero lo tengo que hacer. Por mi causa no ha podido alterarse nada en la relación de Klamm con Frieda. O no existÃa ninguna relación esencial —eso es lo que dicen aquellos que no le quieren dar el nombre honorÃfico de amante a Frieda—, por lo que hoy tampoco existirÃa, o sà existÃa, entonces ¿cómo podrÃa perturbarla una persona como yo, quien, como ha dicho certeramente, es un don nadie a los ojos de Klamm? Esas cosas se creen en el primer instante del susto, pero la más pequeña reflexión debe ponerlas en su sitio. Por lo demás, dejemos que Frieda exprese su opinión sobre el asunto.
Con una mirada perdida en la lejanÃa, la mejilla apoyada en el pecho de K, Frieda dijo: