El Silencio de las sirenas

El Silencio de las sirenas

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Y, en efecto, cuando llegó Odiseo, las poderosas cantantes no cantaron, ya sea porque creían que sólo el silencio podía aún llegar a un acuerdo con este adversario, ya sea porque la visión de la dicha en el rostro de Odiseo, que no pensaba más que en cera y cadenas, les hizo olvidar todo canto.

Pero Odiseo, por decirlo así, no escuchó su silencio, creyó que estaban cantando y sólo él estaba protegido para escucharlo. Al principio vislumbró la inclinación de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, la boca entreabierta, pero creyó que eso pertenecía a las arias que se desvanecían sin ser escuchadas a su alrededor. Sin embargo, pronto todo se alejó de su mirada distante, las sirenas desaparecieron literalmente ante su empeño, y justo cuando estaba más cerca de ellas, no supo nada al respecto.

Pero ellas -más bellas que nunca- se estiraban y giraban, dejaban que su inquietante pelo se abriera al viento y extendían sus garras libremente sobre las rocas. Ya no querían seducir, sólo captar el reflejo del gran par de ojos de Odiseo durante el mayor tiempo posible.

Si las sirenas hubieran estado conscientes, habrían sido destruidas. Pero así se quedaron, sólo Odiseo se les escapó.


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