La Condena
La Condena —Entonces, ¿qué os proponéis hacer? —pregunté, tratando de ponerme de pie; pero no pude; dos animales jóvenes me habÃan aferrado con los dientes la chaqueta y la camisa, por detrás; tuve que quedarme forzosamente sentado.
—Te sostienen la cola —explicó con seriedad el chacal viejo—, una prueba de respeto.
—¡Soltadme! —exclamé, volviéndome alternativamente hacia el viejo y hacia los jóvenes.
—Naturalmente, te soltarán —dijo el viejo—, ya que lo deseas. Pero tardarán un poco, porque han mordido profundamente, como es su costumbre, y ahora deben aflojar lentamente los dientes. Mientras tanto, atiende a nuestra petición.
—Vuestra conducta no me ha predispuesto demasiado a atenderla —dije.
—No nos eches en cara nuestra torpeza —dijo él, y por primera vez recurrió al tono lastimero de su voz natural—, somos unos pobres animales, sólo tenemos nuestros dientes; para todo lo que queremos hacer, lo malo y lo bueno, sólo disponemos de nuestros dientes.
—Bueno, ¿qué quieres? —le pregunté, no muy reconciliado.