La Condena

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—Puede ser, puede ser —dije—, no quiero juzgar asuntos que están tan lejos de mi competencia; parece una enemistad muy antigua; debe de estar en la sangre; tal vez sólo termine con la sangre.

—Eres muy perspicaz —dijo el viejo chacal; y todos jadearon más ansiosamente; agitados, a pesar de estar inmóviles; un olor a rancio, que a veces me obligaba a apretar los dientes, emanaba de sus fauces abiertas—. Eres muy perspicaz, eso que has dicho concuerda con nuestra antigua tradición. Así es; haremos correr su sangre, y terminaremos la lucha.

—¡Oh! —dije, con demasiada vehemencia quizá—; ellos se defenderán; con sus armas de fuego os matarán a miles.

—No nos comprendes —dijo él—, una condición bien humana, que según veo también existe en el Norte. No queremos matarles. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos. Nos basta ver sus cuerpos vivientes para salir corriendo, hacia el aire puro, hacia el desierto, que por eso es nuestra morada.

Y todos los chacales del círculo, a los que se habían agregado mientras tanto muchos otros que venían de más lejos, hundieron los hocicos entre las patas delanteras, y se los frotaron para limpiarse; parecían querer ocultar una repugnancia tan espantosa, que sentí deseos de dar un gran salto sobre sus cabezas y escapar.


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