La Condena

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—Soy, con mucho, el chacal más viejo. Me alegra mucho poder saludarte por fin. Ya casi había perdido toda esperanza, hace tanto, tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, y su madre, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!

—Me asombra —dije, y me olvidé de encender la pila de leños preparada para ahuyentar con el humo a los chacales—, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad he venido del lejano Norte, y estoy de paso por vuestro país. ¿Qué queréis de mí, chacales?

Y como alentados por estas palabras, tal vez demasiado amistosas, estrecharon el cerco en torno a mí; todos jadeaban con la boca abierta.

—Sabemos —comenzó el decano—, que vienes del Norte; en eso basamos nuestras esperanzas. Allá existe la comprensión que no encontramos entre los árabes. De esta fría arrogancia, bien lo sabes, no se puede arrancar la menor chispa de comprensión. Matan animales para comérselos, y desprecian la carroña.

—No hables tan alto —dije—, hay árabes que duermen aquí cerca.

—Realmente, eres un extranjero —dijo el chacal—; si no, sabrías que ni una sola vez en la historia del mundo un chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué íbamos a temerles? ¿No es ya bastante desdicha el que debamos vivir exilados entre semejante gente?


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