La Condena

La Condena

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—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está a punto de morir, y para que sus desfallecidos sentidos perciban sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:

—Nadie podía pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Chacales y árabes

Acampábamos en el oasis. Mis compañeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó a mi lado; había estado ocupándose de los camellos, y se dirigía a su lugar de reposo.

Me eché de espaldas en la hierba; traté de dormir; no podía; un chacal aullaba a lo lejos; volví a sentarme. Y lo que antes estaba tan lejos, de pronto estuvo cerca. Me rodeaba una multitud de chacales; ojos que destellaban como oro mate, y volvían a apagarse; cuerpos esbeltos, que se movían ágil y rítmicamente, como bajo un látigo.

Por detrás de mí, uno de los chacales se acercó, pasó bajo mi brazo, se apretó contra mí, como si buscara mi calor, luego se colocó frente a mí y me habló, mirándome casi de hito en hito:


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