La Condena

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Detrás de estos dos caballeros viene el ocioso ordenanza. Los señores, como es de esperar en personas de tanta instrucción, han abandonado hace tiempo cualquier arrogancia, pero en cambio el ordenanza parece haberla recogido y conservado toda. Con una mano a la espalda, la otra delante, sobre sus botones dorados, o acariciando el fino tejido de su librea, inclina constantemente la cabeza hacia izquierda y derecha, como si lo hubiéramos saludado y nos contestara, o como si diera por sentado que le hemos saludado, pero que no puede descender de sus alturas para comprobarlo. Naturalmente, no le saludamos, pero por su aspecto casi podría creerse que es algo maravilloso ser portero de la Dirección de la mina. A sus espaldas, todos nos reímos de él, pero como ni un rayo podría obligarle a volverse, seguimos considerándole como algo incomprensible.

Hoy no trabajaremos mucho más; la interrupción ha resultado demasiado interesante; una visita como ésta nos quita todos nuestros deseos de trabajar. Sentimos demasiada tentación de quedarnos mirando a los caballeros que han desaparecido en la oscuridad de la galería de prueba. Además, nuestro turno pronto termina; ya no veremos el retorno de los señores.

El pueblo más cercano

Mi abuelo solía decir:


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