La Condena

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A pesar de ello, qué triunfo luego, tanto para él como para mí, cuando cierta noche, ante un gran corro de espectadores —quizá estaban de fiesta, sonaba un fonógrafo, un oficial circulaba entre los tripulantes—, cuando aquella noche, sin que nadie lo advirtiese, cogí una botella de caña que alguien descuidadamente había olvidado junto a mi jaula, y ante el creciente asombro de la reunión, la descorché con toda corrección, la llevé a los labios y, sin vacilar, sin muecas, como un bebedor empedernido, poniendo los ojos en blanco y con el gaznate palpitante, la vacié real y verdaderamente. Arrojé la botella, no ya como un desesperado, sino como un artista, pero me olvidé, eso sí, de frotarme la barriga. En cambio, porque no podía hacer otra cosa, porque algo me empujaba a ello, porque los sentidos me bullían, por todo ello, en fin, rompí a gritar: «¡Hola!», con voz humana. Ese grito me hizo entrar de un salto en la comunidad de los hombres, y su eco: «¡Escuchad, habla!» lo sentí como un beso en mi cuerpo chorreante de sudor.







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