La Condena
La Condena Repito: no me seducía imitar a los humanos; les imitaba porque buscaba una salida; por ningún otro motivo. Con ese triunfo, por otra parte, poco había conseguido, pues inmediatamente la voz me falló de nuevo. Sólo al cabo de unos meses volví a recuperarla. La repugnancia hacia la botella de caña reapareció con más fuerza aún, pero sin duda alguna había yo encontrado de una vez por todas mi camino.
Cuando en Hamburgo me entregaron al primer amaestrador, advertí en seguida que ante mí se abrían dos posibilidades: el jardín zoológico o el music-hall. No vacilé. Me dije: pon toda tu voluntad en ingresar en el music-hall: ésta es la salida. El jardín zoológico no es más que otra nueva jaula; quien entra allí está perdido.
Y aprendí, señores míos. ¡Ah, sí, cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende sin piedad! Se vigila uno a sí mismo con el látigo, lacerándose a la menor resistencia. La índole simiesca salió con furia fuera de mí, se alejó de mí dando volteretas, y por ello mi primer maestro mismo casi se volvió simiesco y tuvo que abandonar pronto las lecciones para ser internado en un sanatorio. Afortunadamente pronto salió de allí.