La Condena
La Condena Consumí, sin embargo, a muchos maestros. Sí, hasta a varios a la vez. Cuando estuve ya más seguro de mi capacidad, cuando el público siguió mis progresos, cuando mi futuro comenzó a sonreírme, yo mismo elegí mis profesores. Les hice sentar en cinco habitaciones sucesivas y aprendí con todos a la vez, saltando sin interrupción de un cuarto a otro.
¡Qué progresos! ¡Qué irrupción, desde todos los ámbitos, de los rayos del conocimiento en el cerebro que despierta! ¿Por qué negarlo? Esto me hacía dichoso. Pero tampoco puedo negar que no lo sobreestimaba, ya entonces, ¡y cuánto menos lo sobreestimo ahora! Con un esfuerzo que hasta hoy no ha vuelto a repetirse sobre la tierra, logré tener la cultura media de un europeo. Esto en sí posiblemente no sería nada, pero es algo, sin embargo, en la medida en que me ayudó a dejar la jaula y a procurarme esta salida especial; esta salida humana. Hay un excelente giro alemán: «escurrirse entre los matorrales». Esto fue lo que yo hice: «me escurrí entre los matorrales». No me quedaba otro camino, por supuesto: siempre que no había que elegir la libertad.