La Condena
La Condena Si de una ojeada examino mi evolución y lo que fue su objetivo hasta ahora, ni me lamento de ella, ni me doy por satisfecho. Con las manos en los bolsillos del pantalón, con la botella de vino sobre la mesa, recostado o sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si llegan visitas, las recibo como se debe. Mi empresario está sentado en la antecámara: si toco el timbre, acude y escucha lo que tengo que decirle. De noche casi siempre hay función y obtengo éxitos ya apenas superables. Y si al salir de los banquetes, de las sociedades científicas o de las gratas reuniones entre amigos, llego a casa a horas avanzadas de la noche, allí me espera una pequeña y semiamaestrada chimpancé, con quien, a la manera simiesca, lo paso muy bien. De día no quiero verla, pues tiene en la mirada esa locura del animal perturbado por el amaestramiento; eso únicamente yo lo advierto, y no puedo soportarlo.
De todas maneras, en resumen he logrado lo que me había propuesto lograr. Y no se diga que el esfuerzo no valía la pena. Por lo demás, no es la opinión de los hombres lo que me interesa; yo sólo quiero difundir conocimientos, sólo estoy informando. También a vosotros, excelentísimos señores académicos, sólo os he informado.