La Condena
La Condena —En efecto —dijo éste, y se lavó las manos sucias de aceite y de grasa en un balde que allà habÃa—; pero para nosotros son sÃmbolos de la patria; no queremos olvidarnos de nuestra patria. Y ahora fÃjese en este aparato —prosiguió inmediatamente, secándose las manos con una toalla y mostrando al mismo tiempo el aparato. Hasta ahora intervine yo, pero de aquà en adelante el aparato funciona absolutamente solo.
El explorador asintió y siguió al oficial. Éste querÃa cubrir todas las contingencias, y por eso dijo:
—Naturalmente, a veces hay inconvenientes; espero que no los haya hoy, pero siempre se debe contar con esa posibilidad. El aparato deberÃa funcionar ininterrumpidamente durante doce horas. Pero cuando hay entorpecimientos, son sin embargo desdeñables, y se los soluciona rápidamente.
—¿No quiere sentarse? —preguntó luego, sacando una silla de mimbre entre un montón de sillas semejantes, y ofreciéndosela al explorador; éste no podÃa rechazarla. Se sentó entonces; al borde de un hoyo estaba la tierra removida, dispuesta en forma de parapeto; del otro lado estaba el aparato.
—No sé —dijo el oficial— si el comandante le ha explicado ya el aparato. El explorador hizo un ademán incierto; el oficial no deseaba nada mejor, porque asà podÃa explicarle personalmente el funcionamiento.