La Condena
La Condena —SÃ, claro —dijo el oficial riendo—; tóquelo usted mismo.
Cogió la mano del explorador, y se la hizo pasar por la Cama.
—Es un algodón especialmente preparado, por eso resulta tan irreconocible; ya le hablaré de su finalidad.
El explorador comenzaba a interesarse un poco por el aparato; protegiéndose los ojos con la mano, a causa del sol, contempló el conjunto. Era una construcción elevada. La Cama y el Diseñador tenÃan igual tamaño, y parecÃa dos oscuros cajones de madera. El Diseñador se elevaba unos dos metros sobre la Cama; los dos estaban unidos entre sÃ, en los ángulos, por cuatro barras de bronce, que casi resplandecÃan al sol. Entre los cajones, oscilaba sobre una cinta de acero la Rastra.
El oficial no habÃa advertido la anterior indiferencia del explorador, pero sà notó su interés naciente; por lo tanto interrumpió las explicaciones, para que su interlocutor pudiera dedicarse sin inconvenientes al examen de los dispositivos. El condenado imitó al explorador; como no podrÃa cubrirse los ojos con la mano, miraba hacia arriba, parpadeando.
—Entonces, aquà se coloca al hombre —dijo al explorador, echándose hacia atrás en su silla, y cruzando las piernas.