La Condena
La Condena Georg se arrodilló inmediatamente junto a su padre; al mirar su fatigado rostro comprobó que las dilatadas pupilas lo contemplaban de reojo.
—No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Siempre has sido un bromista y también conmigo has querido bromear. ¿Cómo podrías realmente tener un amigo allá? No puedo creerlo.
—Haz un esfuerzo de memoria —dijo Georg, levantando de la silla al padre y quitándole la bata, mientras el anciano se sostenía débilmente en pie—; pronto hará tres años que mi amigo vino a visitarnos. Recuerdo todavía que no le tenías mucha simpatía. Por lo menos dos veces te oculté su presencia, aunque en realidad se encontraba conmigo en mi habitación. Tu antipatía hacia él me resultaba perfectamente comprensible, ya que mi amigo tiene sus peculiaridades. Pero luego te llevaste bastante bien con él. Me sentía tan orgulloso de que lo escucharas, que estuvieras de acuerdo con él y le hicieras preguntas. Si piensas un poco, lo recordarás. Nos contaba las más increíbles historias de la Revolución rusa. Por ejemplo, cuando vio, durante un viaje de negocios a Kiev, a un sacerdote en un balcón, en medio de un tumulto, que se cortó una cruz sangrienta en la palma de la mano, y luego alzó la mano y habló a la multitud. Tú mismo has contado algunas veces esa historia.