La Condena
La Condena Mientras tanto, Georg había logrado sentar nuevamente a su padre y quitarle con toda delicadeza los pantalones de lana que usaba por encima de los calzoncillos, lo mismo que los calcetines. Al contemplar el dudoso estado de limpieza de la ropa interior, se reprochó su descuido. Era indudablemente uno de sus deberes cuidar de que su padre no careciera de mudas de ropa interior. Todavía no había decidido con su futura esposa qué harían con su padre, porque tácitamente habían dado por sentado que el padre seguiría viviendo solo en el antiguo apartamento. Pero ahora decidió, de pronto, que su padre viviría con ellos, en su futura casa. Considerándolo más atentamente, hasta era posible que los cuidados que pensaba prodigar a su padre llegaran demasiado tarde.
Llevó en sus brazos al padre hasta la cama. Experimentó una sensación terrible al advertir que durante el breve trayecto hasta la cama el padre jugaba con la cadena de reloj que cruzaba su pecho. Ni siquiera podía acostarlo, tan firmemente se había aferrado a la cadena.
Pero en cuanto el anciano se acostó, todo pareció arreglado. Él mismo se cubrió y se subió las mantas mucho más arriba de los hombros, lo que era insólito en él. Luego miró a Georg, con ojos más bien amistosos.