La Condena
La Condena —¿No es cierto que ahora comienzas a acordarte de él? —preguntó Georg con un movimiento cariñoso de la cabeza.
—¿Estoy bien cubierto? —preguntó el padre, como si no pudiera ver si tenÃa los pies debidamente tapados.
—Ya te sientes mejor, en la cama —dijo Georg, y le acomodó la ropa.
—¿Estoy bien cubierto? —preguntó nuevamente el padre; parecÃa extraordinariamente interesado en la respuesta.
—No te preocupes, estás bien cubierto.
—¡No! —exclamó el padre, interrumpiéndolo.
Arrojó las mantas con tal fuerza que en un instante se desparramaron totalmente y se puso de pie en la cama. Con una sola mano se apoyó ligeramente en el cielo raso.