La Condena
La Condena —Tú quisieras cubrirme, lo sé, mi pequeño vástago; pero todavía no estoy cubierto. Y aunque sean mis últimas fuerzas, para ti son suficientes, demasiadas casi. Conozco muy bien a tu amigo. Habría sido para mí un hijo predilecto. Por eso mismo tú lo traicionaste, año tras año. ¿Por qué si no? ¿Crees que no lloré nunca por él? Por eso te encierras en el escritorio, nadie puede entrar, el Jefe está ocupado; para escribir tus falsas cartas a Rusia. Pero por suerte un padre no necesita aprender a leer los pensamientos de su hijo. Cuando creíste que lo habías hundido, que lo habías hundido tanto que podías sentar tu trasero sobre él y que él ya no se movería, entonces mi señor hijo decide casarse.
Georg contempló la horrible imagen conjurada por su padre. El amigo de San Petersburgo, a quien su padre repentinamente conocía tan bien, impresionó su imaginación como nunca. Lo vio perdido en la vasta Rusia. Lo vio ante la puerta del negocio vacío y saqueado. Entre los escombros de los mostradores, de las mercaderías destrozadas, de dos picos rotos de gas, lo vio perfectamente. ¿Por qué se habría ido tan lejos?
—Pero escúchame —gritó el padre.
Georg, casi enloquecido, se acercó a la cama para enterarse definitivamente de todo, pero se detuvo a mitad de camino.