La Condena

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—Porque ella se levantó las faldas —comenzó a decir el padre con voz aflautada—, porque ella se levantó las faldas así, la inmunda cochina —y, como ilustración, se alzó la camisa tan alto que podía verse en el muslo su herida de la guerra—, porque ella se levantó las faldas así y así, te entregaste totalmente; y para gozar en paz con ella mancillaste la memoria de nuestra madre, traicionaste al amigo y tendiste en el lecho a tu padre para que no pueda moverse. Pero ¿puede o no puede moverse?

Y se irguió sin apoyarse en nada, y levantó las piernas. Resplandecía de perspicacia.

Georg permanecía en un rincón, lo más lejos posible de su padre. En otra época, había decidido firmemente observar todo con detención, para que nadie pudiera atacarlo indirectamente, ya fuera desde atrás o desde arriba. Recordó esa olvidada decisión y volvió a olvidarla, como cuando uno pasa un hilo corto por el ojo de una aguja.

—Pero ¡tu amigo no fue traicionado, sin embargo! —exclamó el padre, lanzando estocadas con el índice para mayor énfasis—. ¡Yo era su representante aquí!

—¡Comediante! —no pudo dejar de exclamar Georg; inmediatamente comprendió su error y ya demasiado tarde se mordió la lengua, con los ojos desorbitados, hasta sentir que las rodillas le flaqueaban de dolor.


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