La Condena

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—¡Sí, es claro que representé una comedia! ¡Comedia! ¡Excelente palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al pobre padre viudo? Dime y trata de ser, por lo menos durante el instante de la respuesta, lo que alguna vez fuiste, mi hijo viviente: ¿qué otra cosa podía hacer yo, en mi cuarto del fondo, perseguido por un personal desleal, viejo hasta los huesos? Y mi hijo se paseaba jubilosamente por el mundo, concluía operaciones que yo había previamente preparado, no cabía en sí de satisfacción y se presentaba ante su padre con una expresión impenetrable de hombre importante. ¿Crees que yo no te habría querido, yo, de quien tú quisiste alejarte?

«Ahora se inclinará hacia adelante —pensó Georg—; si se cayera y se rompiera los huesos.» Estas palabras silbaban a través de su mente.

El padre se inclinó hacia adelante, pero no se cayó. Al ver que Georg no se acercaba, como había esperado, volvió a erguirse.

—Quédate donde estás; no te necesito. Te crees que todavía tienes fuerza suficiente para acercarte y que te quedas atrás sólo porque así lo deseas. Ten cuidado de no equivocarte. Sigo siendo el más fuerte. Yo solo tal vez hubiera tenido que relegarme al olvido; pero tu madre me transmitió hasta tal punto su fuerza, que establecí una estrecha relación con tu amigo, y tengo metidos a todos tus clientes en este bolsillo.


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