La Condena
La Condena —Desde hace años espero que vengas con esa pregunta. ¿Crees acaso que me importa alguna otra cosa en el mundo? ¿Crees acaso que leo diarios? ¡Toma! —y le arrojó un periódico que inexplicablemente habÃa traÃdo consigo a la cama.
Era un diario viejo, de nombre totalmente desconocido para Georg.
—¡Cuánto tiempo has tardado en abrir los ojos! La pobre madre murió antes de ver ese dÃa de júbilo; tu amigo está muriéndose en Rusia, ya hace tres años estaba amarillo como un cadáver, y yo ya ves cómo estoy. Para eso tienes ojos.
—Entonces, ¿me acechabas constantemente? —exclamó Georg. Compasivo, sin darle importancia, dijo el padre:
—Seguro que hace mucho que querÃas decirme eso. Pero ya no importa. Y luego con más voz:
—Y ahora sabes que hay otras cosas en el mundo, porque hasta ahora sólo supiste las que se referÃan a ti. Es cierto que eras un niño inocente, pero mucho más cierto es que también fuiste un ser diabólico. Y por lo tanto escúchame: ahora te condeno a morir ahogado.