La Condena

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Georg se sintió expulsado de la habitación; resonaba todavía en sus oídos el golpe con que su padre se dejó caer sobre la cama. En la escalera, sobre cuyos escalones pasó como sobre un plano inclinado, tropezó con la criada, que subía a efectuar la limpieza matutina del apartamento.

—¡Jesús! —gritó ésta, y se cubrió la cara con el delantal, pero Georg ya había desaparecido.

Salió corriendo y cruzó la calle hacia el agua. Ya estaba aferrado a la baranda, como un hambriento a su comida. Saltó por encima, como correspondía al distinguido atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en años juveniles. Se sostuvo un instante todavía, con manos cada vez más débiles; espió entre los barrotes de la baranda la llegada de un autobús, cuyo ruido cubriría fácilmente el ruido de su caída; exclamó en voz baja: «Queridos padres, a pesar de todo, siempre os he amado», y se dejó caer.

En ese momento una interminable fila de vehículos pasaba por el puente.



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