La Condena
La Condena Y me eché a correr. Corrí sin interrupción, en torno de la vasta plaza, y como no encontré ningún borracho, seguí corriendo, sin disminuir mi velocidad y sin desfallecer, por Karlgasse. Mi sombra corría a mi lado, sobre la pared, a menudo más pequeña que yo, como si hubiese una zanja entre la pared y la calzada.
Al pasar frente al cuartel de bomberos, oí un ruido en la plazoleta; entré en ella y vi a un borracho junto a la verja de la fuente; tenía los brazos extendidos hacia arriba y golpeaba el suelo con sus pies calzados con zuecos de madera.
Primero me detuve, para calmar mi respiración; luego me acerqué a él, me quité el sombrero de copa y me presenté:
—Buenas noches, noble caballero, tengo veintitrés años, pero todavía no tengo nombre. Usted, en cambio, ha llegado seguramente, con un magnífico, sí, con un famoso nombre, de la gran ciudad de París. Trae todavía consigo todo el perfume artificial de la frívola corte de Francia.