La Condena
La Condena »Seguramente ha visto usted, con sus pintados ojos, a esas grandes damas que suelen aparecer en las altas y ligeras terrazas, girando irónicamente el torso sobre sus esbeltas cinturas, mientras el extremo de sus colas bordadas, extendidas sobre la escalinata, yace todavía en la arena del jardín. ¿No es verdad que hay criados que suben por largas pértigas, regularmente esparcidas, criados de elegantes fraques grises y calzones blancos, con las piernas abrazadas a la pértiga, pero el torso inclinado hacia atrás y hacia un costado, porque deben alzar desde el suelo, mediante cuerdas, enormes toldos grises de lona y tenderlos en lo alto cuando esas grandes damas desean una mañana nublada?»
El hombre eructó, y casi alarmado agregué:
—Realmente, ¿no es cierto que usted, señor, acaba de llegar de nuestro París, del tempestuoso París, de esa granizada de entusiasmo?
Como él volvió a eructar, le dije desconcertado:
—Reconozco que éste es un gran honor para mí.
Y con dedos rápidos me abotoné el abrigo; luego hablé con fervor y timidez:
—Ya sé que usted no me considera digno de una respuesta, pero si no lo hubiera interrogado hoy, mi vida habría sido muy desdichada.