La Condena
La Condena —Así es, en efecto…; tengo sueño, en efecto; por lo tanto, me voy a dormir. Tengo, en efecto, un cuñado en Wenzelsplatz…; hacia allí voy, porque allí duermo, porque allí está mi cama. Ahora mismo voy. Pero, en efecto, no sé cómo se llama ni dónde vive…; me parece que me olvidé…; pero no importa, porque no sé muy bien si tengo en realidad un cuñado. En efecto, ahora voy. ¿Cree usted que podré encontrarlo?
Entonces le contesté, sin pensar:
—Seguro. Pero usted acaba de llegar del extranjero, Y por algún motivo no lo acompaña su servidumbre. Permítame que lo conduzca.
No me contestó. Entonces le ofrecí mi brazo, para que se apoyara.