La Condena
La Condena El hombre había cerrado fuertemente los ojos. Cuando callé, se metió ambas manos en la boca y se tironeó la mandíbula inferior. Tenía toda la ropa sucia. Tal vez lo habían echado de una taberna y todavía no había recobrado la lucidez.
Era más o menos ese breve y tranquilo instante de pausa entre el día y la noche, cuando la cabeza se nos inclina inesperadamente hada un costado y cuando, sin que lo notemos todo se calla, porque no lo miramos, y luego desaparece. Mientras tanto, sólo nosotros quedamos encorvados y miramos en torno; pero ya no vemos nada ni sentimos la presión del aire; y nos demoramos en recordar que a cierta distancia hay casas con techos y chimeneas de ángulos felices, a través de las cuales entra la oscuridad en las casas, cruzando las buhardillas y llegando a las diferentes habitaciones. Y es una suerte que mañana sea otro día, y que, aunque parezca imposible, Podremos ver todo nuevamente.
El borracho alzó entonces las cejas tan alto que entre ellas y los ojos apareció un resplandor y explicó espasmódicamente: