La Condena

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«¿No es cierto que las calles de París se ramifican rápidamente? Son inquietas, ¿no es cierto? No todo puede estar siempre en orden, sería imposible. De pronto ocurre algo, la gente se agolpa, acude por las calles convergentes con se paso de las grandes ciudades, que apenas toca el pavimento; todos sienten curiosidad, pero también el temor de ser defraudados; respiran agitadamente y asoman sus cabecitas. Pero cuando se rozan entre sí se inclinan profundamente y se piden mutuamente disculpas. ‘Lo siento mucho…, lo hice sin pensar…; hay tanta gente; discúlpeme, señor, se lo ruego…; he sido realmente torpe…; lo reconozco. Me llamo…, me llamo Jérome Faroche; soy vendedor de especias en la Rue du Cabotin…; permítame que lo invite a almorzar mañana…; también mi mujer estará encantada.’ Así conversan, mientras la calle se llena de ruido y el humo de las chimeneas desciende entre las casas. Así es, en efecto. Y puede ocurrir de pronto que en un bullicioso bulevar de un barrio elegante se detengan dos carruajes. Los criados abren respetuosamente las puertas. Ocho nobles perros lobo de Siberia bajan ágilmente, de un salto, y se persiguen por la calzada, saltando y ladrando. Y algunos dicen que son jóvenes dandis parisienses disfrazados.»




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