La Condena
La Condena ¿Qué se podÃa escribir a una persona asÃ, que evidentemente habÃa errado de camino, y a quien se podÃa compadecer, pero no ayudar? ¿Aconsejarle acaso que volviera a su patria, que se trasplantara nuevamente, que reanudara sus antiguas amistades —nada podÃa impedÃrselo— y se confiara en general a la benevolencia de sus amigos? Pero eso sólo hubiera significado decirle, y cuanto más amable, más ofensivamente, que todos sus esfuerzos habÃan sido vanos, que ya era hora de darse por vencido, que debÃa repatriarse y permitir que lo miraran eternamente como a un repatriado, con los ojos abiertos de asombro; que sólo sus amigos eran sensatos, que él era simplemente un niño adulto y que le convenÃa atenerse al consejo de sus amigos más afortunados porque no habÃan salido del paÃs. ¿Y era acaso tan obvio que todos esos sufrimientos que se querÃa infligirle resultarÃan provechosos? Tal vez ni siquiera deseaba volver —él mismo decÃa que ya no estaba al corriente del estado de los negocios en su patria— y, por lo tanto, se quedarÃa en el extranjero a pesar de todo, amargado por los consejos, y cada vez más alejado de sus amigos. En cambio, si seguÃa estos consejos, y al llegar aquà se encontraba peor que antes —naturalmente, no por malicia, sino por la fuerza de las circunstancias—, no se sentÃa cómodo ni con sus amigos ni sin ellos, y en cambio se consideraba humillado, descubrÃa de pronto que carecÃa tanto de patria como de amigos, ¿no serÃa mejor después de todo quedarse en el extranjero, como ahora? Considerando todas estas circunstancias, ¿se podÃa realmente dar por sentado que le convenÃa volver al paÃs?
