La Condena
La Condena Por estos motivos, si uno deseaba mantener con él una relación epistolar, no podía impartirle noticias reales, ni siquiera las que se pueden comunicar sin temor a las más distantes relaciones. Ya hacía tres años que el amigo no venía al país, y se excusaba laboriosamente, alegando la inseguridad de la situación política en Rusia, que al parecer no permitía ni la más breve ausencia de un pequeño comerciante, mientras cientos de miles de rusos se paseaban tranquilamente por el mundo. Sin embargo, durante el transcurso de esos tres años las cosas habían cambiado mucho para Georg. Hacía más o menos dos años que la madre de Georg había muerto, y desde entonces éste vivía con su padre; por supuesto, el amigo se enteró de la noticia y expresó sus condolencias mediante una carta, con tal sequedad que uno tenía forzosamente que deducir que la tristeza provocada por semejante pérdida era completamente incomprensible en el extranjero. Pero, desde esa época, Georg se había aplicado con mayor decisión a sus negocios, así como a todo lo demás. Tal vez la circunstancia de que su padre, mientras vivió su madre, sólo permitía que las cosas se hicieran como a él le parecía, le había impedido una verdadera y eficaz actividad. Pero después de dicha muerte, aunque todavía se ocupaba algo de los negocios, el padre se había vuelto menos tiránico. Tal vez —y esto era lo más probable— una racha sostenida de suerte lo había ayudado; pero era evidente que durante esos dos años los negocios habían mejorado inesperadamente; se habían visto obligados a duplicar el personal, las entradas se habían quintuplicado e, indudablemente, el futuro le reservaba nuevos éxitos.
