La Condena
La Condena Durante horas debo preparar las cosas con anticipación, vigilar la memoria del empleado, evitar de antemano sus temibles errores, y durante una temporada prever las modas de la temporada próxima, no como serán entre las personas de mi relación, sino entre inaccesibles campesinos.
Mi dinero está en manos de desconocidos; sus finanzas me son incomprensibles; no adivino las desgracias que pueden sobrevenirles; ¡cómo hacer para evitarlas! Tal vez se han vuelto pródigos, y ofrecen una fiesta en un restaurante y otros se demoran un momento en esa misma fiesta, antes de huir a América.
Cuando después de un día de labor cierro el negocio, y me encuentro de pronto con la perspectiva de esas horas en que no podré hacer nada para satisfacer sus ininterrumpidas necesidades, entonces vuelve a apoderarse de mí como una marea creciente la agitación que por la mañana había logrado alejar, pero ya no puedo contenerla, y me arrastra sin rumbo.
Y sin embargo no sé sacar ventaja de este impulso, y sólo puedo volver a mi casa, porque tengo la cara y las manos sucias y sudadas, la ropa manchada y polvorienta, el gorro de trabajo en la cabeza y los zapatos desgarrados por los clavos de los cajones. Vuelvo como llevado por una ola, haciendo chasquear los dedos de ambas manos, y acaricio el cabello de los niños que me salen al paso.