La Condena
La Condena Pero el camino es corto. Apenas llego a mi casa, abro la puerta del ascensor y entro.
Entonces descubro de pronto que estoy solo. Otras personas, que deben subir escaleras, y por lo tanto se cansan un poco, se ven obligadas a esperar jadeando que les abran la puerta de su domicilio, y tienen asà una excusa para irritarse e impacientarse; entran luego en el vestÃbulo, donde cuelgan sus sombreros, y sólo después de atravesar el corredor, a lo largo de varias puertas acristaladas entran en su habitación, y están solos.
Pero yo ya estoy solo en el ascensor, y miro de rodillas el angosto espejo. Mientras el ascensor comienza a subir, digo:
—¡Quietas, retroceded! ¿Adónde queréis ir, a la sombra de los árboles, detrás de los cortinajes de las ventanas, o bajo el follaje del jardÃn?
Hablo entre dientes, y la caja de la escalera se desliza junto a los vidrios opacos, como el agua de un torrente.
—Volad lejos de aquÃ; vuestras alas, que nunca pude ver, os llevarán tal vez al valle pueblerino, o hacia ParÃs, si allá queréis ir.