La Condena

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»Pero aprovechad para mirar por la ventana, cuando llegan las procesiones por las tres calles convergentes, sin darse paso, y se entrecruzan para volver a dejar la plaza vacía, cuando las últimas filas se alejan. Agitad vuestros pañuelos, indignaos, emocionaos, elogiad a la hermosa dama que pasa en coche.

»Cruzad el arroyo por el puente de madera, saludad a los niños que se bañan, y asombraos ante el ¡Hurra! de los mil marineros del acorazado distante.

»Seguid al hombre inconspicuo, y cuando le hayáis acorralado en un zaguán, robadle, y luego contemplad, con las manos en vuestros bolsillos, cómo prosigue su camino tristemente por la calle de la izquierda.

»Los policías, galopando dispersos, frenan sus cabalgaduras y os obligan a retroceder. Dejadles, las calles vacías les desanimarán, lo sé. Ya se alejan, ¿no os lo dije?, cabalgando de dos en dos, lentamente al volver las esquinas, y a toda velocidad cuando cruzan la plaza.

Y entonces debo salir del ascensor, mandarlo hacia abajo, hacer sonar la campanilla de mi casa, y la criada abre la puerta, mientras yo la saludo.

Contemplación distraída en la ventana

¿Qué podemos hacer en estos días de primavera, que ya se aproximan rápidamente? Esta mañana temprano, el cielo estaba gris, pero si ahora uno se asoma a la ventana, se sorprende y apoya la mejilla contra la falleba.


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