La Condena

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La miré un instante, luego le dije: «Buenas tardes», y tomé mi chaqueta, que estaba sobre la pantalla frente a la estufa, porque no quería que me viera así, a medio vestir. Permanecí un momento con la boca abierta, para que la agitación se me escapara por la boca. Sentía un mal gusto en el paladar, las pestañas me temblaban, en fin, esta visita tan esperada no me causaba ningún placer.

La niña seguía junto a la pared, en el mismo lugar; había colocado la mano derecha contra la pared, y con las mejillas ruborizadas acababa de descubrir con asombro que el muro encalado era áspero y le lastimaba la punta de los dedos. Le dije:

—¿Me busca realmente a mí? ¿No habrá un error? Nada más fácil que cometer un error en esta casa tan grande. Me llamo Tal-y-tal, vivo en el tercer piso. ¿Soy la persona que usted busca?

—Calle, calle —dijo la criatura volviendo la cabeza—, no hay ningún error.

—Entonces, entre del todo en la habitación, quisiera cerrar la puerta.

—Acabo de cerrarla yo. No se moleste. Sobre todo, cálmese.


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