La Condena
La Condena —No es ninguna molestia. Pero en este corredor vive mucha gente, y naturalmente todos son conocidos mÃos; la mayorÃa vuelve ahora de su trabajo; cuando oyen hablar en un cuarto, se consideran con derecho a abrir la puerta y mirar qué ocurre. Siempre lo hacen. Esa gente ha trabajado el dÃa entero, y nadie podrÃa amargarles su provisional libertad nocturna. Además, usted lo sabe tan bien como yo. PermÃtame cerrar la puerta.
—¿Cómo, qué le ocurre? ¿Qué pasa? Por mÃ, puede venir toda la casa. Y le repito una vez más: ya he cerrado la puerta; ¿se cree que usted es el único que sabe cerrar una puerta? Hasta la he cerrado con llave.
—Muy bien, entonces. No pido más. No hacÃa falta que cerrara con llave. Y ahora que está usted aquÃ, le ruego que se considere como en su casa. Usted es mi invitada. ConfÃe totalmente en mÃ. Póngase cómoda, sin temor. No insistiré para que se quede, ni para que se vaya. ¿Necesito decÃrselo? ¿Tan mal me conoce usted?
—No. Realmente, no hacÃa falta que lo dijera. Aún más, no ha debido decÃrmelo. Soy una criatura; ¿por qué entonces tantas ceremonias conmigo?
—Exagera. Naturalmente, es una criatura. Pero no tan pequeña. Ha crecido bastante. Si fuera una muchacha, no se atreverÃa a encerrarse con llave en una habitación, a solas conmigo.