La Condena
La Condena —No tenemos que preocuparnos por eso. Sólo querÃa decirle que el hecho de conocerle tan bien no me protege mucho, y sólo le evita a usted el trabajo de mantener conmigo las apariencias. Y sin embargo, quiere hacer cumplimientos. ¡Déjese de tonterÃas, se lo ruego, déjese de tonterÃas! Debo decirle que no le reconozco en todas partes y todo el tiempo, y menos en esta penumbra. SerÃa mejor que encendiera la luz. No, mejor que no. En todo caso, no olvidaré que acaba de amenazarme.
—¿Cómo? ¿Que yo la he amenazado? Pero escúcheme. Estoy muy contento de que por fin haya venido. Digo «al fin» porque es tarde. No puedo comprender por qué ha venido tan tarde. Es posible que la alegrÃa me haya hecho hablar desordenadamente, y que usted haya entendido mal mis palabras. Admito todas las veces que usted quiera que tiene razón, que todo ha sido una amenaza, lo que usted prefiera. Pero nada de peleas, por Dios. ¿Cómo puede usted creer semejante cosa? ¿Cómo puede herirme de ese modo? ¿Por qué desea con tanta intensidad estropear este breve instante de su presencia? Un desconocido serÃa más condescendiente que usted.
—No lo dudo; no es un gran descubrimiento. Yo estoy más cerca de usted, por mi propia naturaleza, que el desconocido más condescendiente. También usted lo sabe; entonces, ¿por qué toda esta tragedia? Si quiere representar conmigo una comedia, me voy ahora mismo.