La Condena

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—¿Ah, sí? ¿Se atreve también a decirme eso? Es un poco demasiado atrevida. Después de todo, está en mi habitación. Frotándose los dedos como una loca con la pared de mi cuarto. ¡Mi cuarto, mi pared! Y además, lo que usted dice no sólo es insolente, sino también ridículo. Dice que su naturaleza la impulsa a hablar conmigo de ese modo. ¿Realmente? ¿Su naturaleza la impulsa? Su naturaleza es muy amable. Su naturaleza es la mía, y cuando yo por naturaleza me siento amable hacia usted, usted no puede entonces sentirse sino amable hacia mí.

—¿Le parece eso amable?

—Hablo de antes.

—¿Sabe usted cómo seré después?

—No sé nada.

Y me dirigí hacia la mesita de luz, y encendí la bujía. En aquella época yo no tenía gas ni luz eléctrica en mi habitación. Luego me quedé un rato sentado junto a la mesa, hasta que me cansé, me puse el abrigo, cogí el sombrero sobre el sofá, y apagué la vela. Al salir tropecé con la pata de una silla.

En la escalera me encontré con un inquilino de mi piso.

—¿Ya vuelve a salir, pícaro? —me preguntó éste, con las piernas abiertas y apoyadas en diferentes escalones.


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