La Condena
La Condena —¿Qué quiere que haga? —dije—. Acabo de recibir la visita de un fantasma.
—Dice eso tan tranquilo, como si hubiera encontrado un pelo en la sopa.
—Bromea usted. Pero le diré que un fantasma es un fantasma.
—Muy cierto. Pero ¿qué ocurre si uno no cree en fantasmas?
—¿Y usted quiere dar a entender que yo creo en fantasmas? Pero ¿de qué me servirÃa no creer?
—Muy sencillo. No sentirÃa temor cuando un fantasma se le aparece realmente.
—¡Oh, eso es sólo un temor secundario! El temor principal es el temor de lo que provocó la aparición. Y ese temor persiste. En este momento lo siento, potente, dentro de mÃ.
De pura nerviosidad, comencé a registrarme todos los bolsillos.
—Pero si no sintió ningún temor ante la aparición en sÃ, ¿por qué no le preguntó tranquilamente cuál era el motivo que la provocó?
—Evidentemente, usted no ha hablado nunca con un fantasma. No se les puede sacar jamás una información precisa. Es algo muy oscilante. Esos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su propia existencia, lo que no es extraño, teniendo en cuenta su fragilidad.