La Condena
La Condena —No obstante, he oÃdo decir que se puede alimentarlos.
—Está usted muy bien informado. En efecto, se puede. Pero ¿a quién se le ocurrirÃa alimentar a un fantasma?
—¿Por qué no? Por ejemplo, si fuera un fantasma femenino… —dijo, y subió al escalón superior.
—Sà —dije yo—, pero aun asà serÃa pretender demasiado.
Pensé en otra cosa. Mi vecino habÃa subido tanto, que para verme tuvo que agacharse hacia el hueco de la escalera.
—De todos modos —exclamé— si usted me roba mi fantasma, todo ha terminado entre nosotros para siempre.
—Era una simple broma —dijo él, y retiró la cabeza.
—Entonces no he dicho nada —le grité.
Ahora hubiera podido irme tranquilamente a pasear. Pero como me sentÃa tan desolado, preferà volver a subir, y me acosté.