La metamorfosis y otros relatos
La metamorfosis y otros relatos —Señor —exclamó, y los chacales aullaron a coro, de una forma que recordaba vagamente una sinfonÃa—, debes poner fin a esta lucha que divide el mundo en dos bandos. Nuestros antepasados nos describieron al hombre que llevarÃa a cabo la empresa, y tú coincides exactamente con esa descripción. Queremos que los árabes nos dejen en paz; queremos aire respirable, que la mirada se pierda en un horizonte libre de su presencia; no oÃr el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz y puedan ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena, hasta que hayamos vaciado sus osamentas y pelado sus huesos. Pureza, queremos sólo pureza —y todos sollozaban—. ¿Cómo puedes soportar este mundo, noble corazón? Suciedad es su blancura; suciedad es su negrura; horrendas son sus barbas; basta ver sus ojos para vomitar; y cuando alzan el brazo, vemos en sus axilas la boca del infierno. Por eso, ¡oh amado señor!, con tus manos todopoderosas, degüéllalos con estas tijeras.
A un gesto de su cabeza, apareció un chacal de uno de cuyos colmillos colgaba un par de pequeñas tijeras de costura, viejas y oxidadas.
—Vaya, ya han sacado las tijeras… ¡Y ahora basta! —exclamó el guÃa árabe de nuestra caravana, que se habÃa deslizado hacia nosotros con el viento en contra y hacÃa chasquear su látigo.