La Metamorfosis
La Metamorfosis Pero, al poco rato, pensó: «Es indispensable que me haya levantado antes de que den las siete y cuarto. Además, seguramente vendrá alguien del almacén a preguntar por mí, pues abren antes de las siete». Se dispuso a salir de la cama, balanceándose sobre su borde. Dejándose caer de esta forma, la cabeza, que pensaba mantener firmemente erguida, probablemente no sufriría daño ninguno. La espalda parecía resistente, y no le pasaría nada al dar con ella en la alfombra. Únicamente lo hacía dudar el temor al estrépito que esto habría de producir, y que sin duda asustaría a su familia. Pero no quedaba más remedio que correr el riesgo.
Ya estaba Gregorio con casi medio cuerpo fuera de la cama (el nuevo método era como un juego, pues consistía simplemente en balancearse hacia atrás), cuando se dio cuenta de que todo sería más sencillo si alguien viniese en su ayuda. Con dos personas robustas (y pensaba en su padre y en la criada) bastaría. Solo tendrían que pasar los brazos por debajo de su abombada espalda, sacarlo de la cama y, agachándose luego con la carga, dejar que se estirara en el suelo, en donde era de suponer que las patas se mostrarían útiles. Ahora bien, y sin contar con el hecho de que las puertas estaban cerradas con llave, ¿convenía realmente pedir ayuda? Pese a lo apurado de su situación, no pudo evitar sonreír.