La Metamorfosis
La Metamorfosis —Ya voy —gritó Gregorio fuera de sÃ, olvidándose en su excitación de todo lo demás—. Voy inmediatamente. Una ligera indisposición me retenÃa en la cama. Estoy todavÃa acostado. Pero ya me siento bien. Ahora mismo me levanto. ¡Un momento! Aún no me encuentro tan bien como creÃa. Pero ya estoy mejor. ¡No entiendo cómo me ha podido ocurrir! Ayer me encontraba perfectamente. SÃ, mis padres lo saben. Mejor dicho, ya ayer percibà los primeros sÃntomas. ¿Cómo no me lo habrán notado? ¿Por qué no lo dirÃa yo en el almacén? Porque siempre se cree uno que se pondrá bien sin necesidad de quedarse en casa. ¡Por favor, tenga consideración de mis padres! No hay motivo para los reproches que me acaba de hacer; nunca me han dicho nada parecido. Sin duda, no ha visto usted los últimos pedidos que he transmitido. Además, saldré en el tren de las ocho. Con estas dos horas de descanso he recuperado las fuerzas. No se entretenga usted más. En seguida voy al almacén. Explique allà esto, se lo suplico, y presente mis respetos al director.