La Metamorfosis

La Metamorfosis

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Mientras decía atropelladamente todo esto, Gregorio, gracias a la habilidad adquirida en la cama, se acercó sin dificultad al baúl e intentó enderezarse apoyándose en él. Quería abrir la puerta, presentarse ante el gerente, hablar con él. Sentía curiosidad por saber qué dirían los que tan insistentemente lo llamaban cuando lo viesen. Si se asustaban, no era culpa de él y no tenía nada que temer. Si, por el contrario, se quedaban tranquilos, tampoco él tenía por qué excitarse, y podía, si se daba prisa, estar a las ocho en la estación. Varias veces resbaló contra las lisas paredes del baúl; pero, al fin logró incorporarse. El dolor en el abdomen, aunque muy intenso, no le preocupaba. Se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patas. Logró tranquilizarse, y calló para escuchar lo que decía el gerente.

—¿Han entendido una sola palabra? —preguntó este a los padres—. ¿No será que se hace el loco?

—¡Por el amor de Dios! —exclamó la madre llorando—. Tal vez se encuentre muy mal y nosotros lo estamos mortificando.

Y seguidamente llamó:

—¡Grete! ¡Grete!

—¿Qué quieres madre? —contestó la hermana desde el otro lado de la habitación de Gregorio, a través de la cual hablaban.


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