La Metamorfosis
La Metamorfosis —Tienes que ir en seguida a buscar al médico, Gregorio está enfermo. Ve corriendo. ¿Has oÃdo cómo hablaba?
—Es una voz de animal —dijo el gerente, que hablaba en voz muy baja, en comparación con los gritos de la madre.
—¡Ana! ¡Ana! —llamó el padre, volviéndose hacia la cocina a través de la sala y golpeando las palmas—. Vaya inmediatamente a buscar un cerrajero.
Se oyó por la sala el rumor de los vestidos de dos jóvenes que salÃan corriendo (¿cómo se habrÃa vestido la hermana?), y el ruido brusco de la puerta del apartamento al abrirse. Pero no se oyó ningún portazo. DebÃan de haber dejado la puerta abierta, como suele suceder en las casas en donde ha ocurrido una desgracia.
Gregorio, sin embargo, estaba mucho más tranquilo. Sus palabras resultaban ininteligibles, aunque a él le parecÃan muy claras, más claras que antes, sin duda porque ya se le iba acostumbrando el oÃdo; pero lo importante era que ya se habÃan percatado los demás de que algo anormal le sucedÃa y se disponÃan a acudir en su ayuda. Se sintió aliviado por la prontitud y energÃa con que habÃan tomado las primeras medidas. Se sintió nuevamente incluido entre los seres humanos, y esperaba tanto del médico como del cerrajero acciones insólitas y maravillosas.